A todos nosotros nos ha tocado vivir la era de cambio más acelerado que probablemente haya conocido la historia de la humanidad. Ese cambio, impulsado principalmente por la globalización y el avance tecnológico, tiene muchas dimensiones y afecta a muchos ámbitos de nuestra sociedad. Y el libre comercio internacional es uno de ellos.

La globalización favorece que las economías de todo el mundo se integren en la “economía de libre mercado”. Por otro lado, el impresionante avance tecnológico, desencadenado sobre todo con el “boom” de Internet en la última década del siglo XX, hace que se faciliten y aceleren las relaciones comerciales y financieras internacionales al disminuir las barreras de tiempo y espacio.

A la vista de la pujanza del comercio internacional y su contribución indudable al crecimiento y al desarrollo, los países, en las últimas décadas, han tendido a agruparse, generando acuerdos comerciales cada vez más estrechos, que han llevado en muchos casos a la creación de áreas de libre comercio.

Ejemplos de ello tenemos en todo el mundo. Pero quizás, los más relevantes los encontramos en Europa y en Norteamérica, las áreas económicas más potentes del mundo, y que mantienen los sistemas de economía de mercado y democráticos más consolidados del planeta.

En Europa, el caso evidente es la Unión Europea que, sin duda, es mucho más que un área de libre comercio, pero cuyo origen es comercial, cuando en 1950 se creó la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA). En Norteamérica, en 1994 se constituyó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), área de libre comercio formada por Estados Unidos, México y Canadá.

NAFTA reduce las barreras al comercio, favoreciendo la competencia, las oportunidades de inversión y la aparición de ventajas comparativas y de economías de escala.

Este Tratado ha sido un tremendo éxito, traducido no sólo en un fuerte incremento del comercio entre los países integrantes, sino en beneficios relacionados con las economías en su conjunto. En primer lugar, contribuye a mejorar la competitividad de las empresas. En segundo lugar, se crea un clima de estabilidad, lo que favorece el incremento de inversión extranjera. Y por último, todo ello se traduce en un alto grado de creación de empleo.

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