Entrevista a Santiago Foncillas Casaus, primer presidente del Círculo (1977-1984)

Santiago Foncillas Casaus (*)

«Denunciamos los errores que se estaban cometiendo,no nos hicieron caso y ahora lo estamos pagando»

Había nacido para ser abogado del estado y se convirtió en uno de los empresarios más emblemáticos de la España de finales del siglo XX, junto al selecto grupo de gestores que configuraron el Círculo de Empresarios y se constituyeron en una pieza fundamental para asegurar el éxito de la Transición democrática. Sin duda esta ha sido la gran aportación a la Historia de España de Santiago Foncillas y de ese puñado de empresarios.

A punto de cumplir los 84 años, Foncillas se muestra satisfecho por el trabajo realizado. Sin embargo aparece, una sombra de disgusto en su rostro cuando hablamos de la gran crisis que arrastramos desde el 2007: «Yo he vivido media docena de crisis económicas; recuerdo la de los años cincuenta que desembocó en el Plan de Estabilidad de 1959; en los años setenta sufrimos el «crack» del petróleo que superamos gracias a los Pactos de La Moncloa; pero esta es la más grave de todas las que he vivido, porque además de ser una crisis financiera en el ámbito mundial, en España es particularmente grave porque atravesamos una crisis institucional muy profunda».

Se cumple el 35 aniversario del Círculo de Empresarios y es un buen momento para hacer balance: «Desde el primer momento de la fundación del Círculo advertimos lo que iba a pasar. Pero durante este tiempo, ningún gobierno, ni de izquierdas ni de derechas, ni de centro nos hizo el menor caso. Apuntamos, y ahí está escrito, el riesgo del Estado de las autonomías; el Estatuto del Trabajador; el sistema público de pensiones; el problema de crear un Estado del bienestar que no podríamos financiar; la politización de la justicia o de la enseñanza… Y ahora todo eso nos ha estallado a la vez. Resulta doloroso comprobar que hayan sido las instituciones europeas las que nos hayan obligado a hacer las reformas que nosotros pedíamos y que el país no fue capaz de afrontar».

Todo había comenzado en 1976, cuando Claudio Boada le llamó para sacar adelante el proyecto de crear el Círculo de Empresarios. Su promotor, López de Letona acababa de ser nombrado gobernador del Banco de España y desde su nueva responsabilidad no podía liderar la creación de una asociación empresarial a partir de lo que él había dominado «100 E». «En realidad yo fui allí para ser su portavoz y hacer las gestiones del día a día. Aunque había estudiado para abogado del Estado en la Universidad de Deusto, la vida me había llevado a desarrollar una intensa actividad empresarial, en Ebro, el INI, Telefónica donde fui consejero delegado, Banco Urquijo… Fue entonces cuando nos planteamos cuál debería ser nuestra estrategia. Por aquel tiempo la izquierda estaba perfectamente estructurada. Los sindicatos eran correa de transmisión de los partidos – CC.OO. del PCE y UGT del PSOE-, y al mundo empresarial no le quedaba más remedio que organizarse. Fue entonces cuando se decidió, de común acuerdo con Carlos Ferrer Salat, que CEOE se convirtiera en la organización cúpula que agrupara a todas las patronales, y que nosotros fuéramos un lobby, en el mejor sentido de la palabra, para defender la libre empresa y la economía de mercado ante el Gobierno y la opinión pública. Una vez definido el planteamiento, el 12 de mayo establecimos la asamblea constituyente en la que me eligieron presidente. Todos coincidíamos en que no queríamos ser una patronal, pero tampoco teníamos muy claro como dar forma a nuestro proyecto. Por eso, encargamos a Mckinsey que estudiara el panorama de la representación empresarial en el mundo. Nos presentó tres modelos: el alemán, el francés y el norteamericano».

«El que más nos convenció fue este último, por lo que viajamos a Washington para entrevistarnos con el Business Roundtable, que había sido fundado unos años antes y que agrupaba a doscientos altos ejecutivos cuyo objetivo era influir en la política y en la opinión pública en favor de la libertad de empresa. Era un lobby en el mejor sentido de la palabra, que se asemejaba a la naturaleza de nuestros planes: defender intereses generales pero no particulares ni sectoriales. Nuestro principal propósito era acabar con una economía muy subvencionada y muy proteccionista, que es la que se había desarrollado durante el franquismo y ya no resultaba viable».

El hundimiento del Estado autoritario, sumado a una crisis económica pavorosa y a la falta de instituciones, habían convertido España en una auténtica bomba de relojería. En algunas zonas del norte se vivían situaciones prerrevolucionarias y el PCE dominaba la calle, mientras que su sindicato, CC.OO. controlaba el seno de las empresas. Los empresarios compartían la necesidad de pasar del franquismo a la democracia, pero rechazaban la opción de que fuera a costa de entregar el poder político a los comunistas. «Desde el primer momento nosotros consideramos, para escándalo de muchos, que debíamos reunirnos de manera discreta con la izquierda para saber hacia dónde íbamos».

El Círculo de Empresarios tuvo claro desde su constitución que no tenía nada que ver con el partido comunista de Santiago Carrillo, ni con el partido socialista de Felipe González, que llegaba con todos los avales de la socialdemocracia europea. En aquellos momentos en todo el sur de Europa -Portugal, Italia, Francia, Yugoslavia, Grecia- el PC era la fuerza hegemónica. En ese contexto se discutía en aquellos días el modelo de democracia que debería implantarse en España. Se barajaban dos opciones, el alemán controlado por el SPD de Willy Brandt o el italiano donde la fuerza dominante era el PCI dirigido por Enrico Berlinguer.

En aquel trance el modelo de referencia era el alemán, que se basaba en un estado del bienestar muy amplio y en una economía social de mercado. Es decir, que trataba de buscar un punto de intermedio entre el capitalismo y el socialismo. «Recuerdo la primera reunión que tuvimos con Felipe González. Los partidos acababan de ser legalizados, y acudieron al encuentro Javier Solana y Miguel Boyer, que todo el rato estuvo calladito, mientras Solana hablaba sin cesar dándonos doctrina socialista. Cuando terminamos, Felipe hizo un aparte conmigo y me dijo:

– No hagáis caso de lo que oigáis hasta que yo no hable. No pienses que es verdad lo que dicen éstos, me dijo en un susurro.

– Pues menos mal, porque nos teníais asustados con vuestras oflamas, le respondí con alivio.

Desde aquel día mantuvimos una enorme confianza con Felipe González. Las encuestas apuntaban claramente hacia los socialistas como ganadores en las primeras elecciones democráticas. Felipe me llamó para decirme:

– Mira, lo tengo todo arreglado. No habrá confrontación de ninguna clase. He logrado que todos estemos de acuerdo y nuestro objetivo es lograr el consenso de todos los poderes fácticos para conseguir que España vuelva a funcionar. Por tanto, no os preocupéis.

– Felipe, nosotros sabemos que antes o después esto tendrá pasar y mejor que el socialismo venga de tu mano que de otro, le respondí.

– Pero tengo un problema -me confesó con preocupación-, quiero entrar en contacto con el Ejército y no quiero hacerlo de la mano del ministro de Defensa, Alberto Oliart. Hemos hablado ya con la Iglesia, con las empresas y con la banca… pero nos falta el Ejército.

– Pues yo no controlo demasiado los círculos castrenses -le respondí-, pero por casualidad conozco al jefe de Estado Mayor, Álvaro Lacalle Lelup, y te adelanto que, en mi opinión, es un auténtico caballero –le advertí.

– Si no te importa, llámale.

Efectivamente, contacté con Álvaro Lacalle, que se encontraba de maniobras, y me dijo que no había ningún problema en mantener tal encuentro.

– Somos conscientes de que eso tiene que pasar y cuanto antes hablemos mejor, respondió el militar.

Una semana después recibí un mensaje en clave de Felipe: «contacto tomado, contacto satisfactorio». De hecho, los socialistas no tuvieron ningún problema con el Ejército. Quien si lo tuvo fue Adolfo Suárez porque les había engañado con la legalización de los comunistas; aquello fue una temeridad por su parte, ya que en aquellos momentos el Ejército era quien ostentaba el poder y ese engaño estaría en el origen de la intentona golpista que se produjo años después».

En aquellos momentos eran muy pocos quienes pensaban que la situación no acabaría en una nueva confrontación civil. Persistía el miedo de las dos Españas y el enfrentamiento se trasladó a la empresa. Los salarios subían a un ritmo del 25 por ciento porque los empresarios «compraban» la «paz social» -no era para menos, porque se habían producido secuestros de gestores- con fuertes incrementos salariales, que trasladaban después a precios, disparando la inflación a un nivel asfixiante, y hacían el ajuste vía empleo, con el consiguiente aumento imparable del paro.

En tal situación Adolfo Suárez nombró vicepresidente a Enrique Fuentes Quintana, un catedrático que había participado en el Plan de Estabilización de 1959, para que articulara un gran pacto social, que posteriormente dio lugar a los Pactos de La Moncloa que se firmaron en 1977. Aquellos acuerdos tendrían que ser el andamiaje sobre el que se construyera la Constitución de 1978. «Cuando llegué al Círculo me encontré con un grupo de empresarios muy pragmáticos y realistas. Por encima de cualquier ideología queríamos un gran consenso social y político que permitiera llevar a nuestro país hacia la modernidad, y además respaldábamos el proyecto que encarnaba el Rey Juan Carlos, que jugó un papel importantísimo. Nosotros pensábamos que don Juan Carlos representaba la continuidad y la estabilidad, y todo lo que no fuera eso suponía una incertidumbre total. Por eso nuestra confianza en él era absoluta. Si en aquellos momentos el Rey nos hubiera llamado a capítulo habríamos suspendido nuestros contactos con la izquierda, pero no lo hizo porque animaba a crear esos puentes para poder transitar del régimen franquista al sistema democrático. En ese contexto apoyamos la política que estaban haciendo los gobiernos de UCD y el presidente Suárez, a quien respetábamos porque era muy realista, aunque tuviera que realizar concesiones a la izquierda y a los sindicatos que lógicamente no nos gustaban. Cuando en el verano del 77 nos entrevistamos con Fuentes Quintana y nos expuso su estrategia, pensábamos que tenía las ideas muy claras y un diseño claro de la economía española en su cabeza».

Los Pactos de La Moncloa contaron con el apoyo de todos los partidos del arco parlamentario, pero con la discrepancia de CEOE por una parte -porque los partidos suplantaban a los agentes sociales-, y de UGT por otra – por el protagonismo excesivo que concedían al PCE-. Lograron contener salarios e inflación a cambio de incrementar el gasto en inversión pública, mejorar el seguro de desempleo y evitar flexibilizar el marco laboral. En aquellos momentos el movimiento empresarial comenzó a diverger. CEOE, que defendía intereses coyunturales, se enfrentó con el gobierno de Suárez, movilizando a los empresarios en grandes concentraciones. Apoyaban los planteamientos de Alianza Popular de Manuel Fraga y propugnaban la «gran derecha». «Nuestras inquietudes eran diferentes, dado que pretendíamos influir en el poder político para que creara un cuerpo doctrinal, y nuestro talante era diferente. Por ejemplo, Max Mazín, que era uno de sus principales dirigentes, no dejaba a la CEOE evolucionar a posiciones más realistas. Si en aquellos momentos la patronal se hubiera reunido con la izquierda, como habíamos hecho nosotros, seguro que se habría producido una escisión. La mayoría de empresarios tenían miedo a la integración en Europa por la desaparición de los aranceles, las subvenciones… hay que tener en cuenta que España tenía una economía muy intervenida y el libre mercado producía miedo. Sin embargo, los grandes empresarios éramos absolutamente conscientes de que el cambio no tenía vuelta atrás y que para lograr con éxito nuestro propósito era necesario lograr un equilibrio entre mercado y protección social. Eso era precisamente lo que estaba haciendo Adolfo Suárez y por eso le apoyábamos. Considerábamos que representaba el centro derecha y Felipe González el centro izquierda y que ese bipartidismo era el que daría estabilidad al proyecto democrático».

La elaboración de la Constitución en 1978 fue la piedra angular de la transición democrática y el Círculo de Empresarios se implicó a fondo en los trabajos para su elaboración. «Teníamos magníficos asesores como Eduardo Punset, Jesús Fueyo, Julián Marías, José Ramón Álvarez Rendueles… así cuando se planteó el modelo territorial del Estado pedimos dos informes muy serios porque sabíamos que nos estábamos jugando el futuro».

«El trabajo que hizo Fueyo advertía que la financiación de los entes autonómicos plantearía graves problemas, dado que se corría el peligro de que no parasen en la descentralización, sino que se convirtieran en mini-estados, por lo que sería el origen de grandes discusiones y enfrentamientos en el futuro. Mientras que el informe de
Julián Marías, tras afirmar que apoyaba la descentralización, advertía que el Estado central quedaría reducido a una mera institución protocolaria y su tendencia disgregadora vaciaría el Estado y acabaría en mosaico de mini-estados que nadie podría controlar. Entregamos ambos estudios a Rodolfo Martín Villa para que los efendiera en el Consejo de Ministros, pero no nos hicieron el menor caso, aunque eran muy conscientes del riesgo que existía y así me lo confesó Francisco Fernández Ordóñez; pero pensaban no quedaba otra solución».

El Círculo se mostraba muy preocupado por la posibilidad de que se creara una administración gigantesca. La Constitución hacía n reconocimiento expreso de la iniciativa pública en la actividad económica. El problema era que a pesar de que se reconocía la libertad de empresa, se le ponían tantas limitaciones que dejaba la puerta abierta a la cogestión, como había sucedido en Alemania: «Cuando vimos que la Constitución se basaba en poner un párrafo para contentar a la izquierda y el siguiente para contentar a la derecha nos alarmamos. El texto resultaba tan ambiguo que serviría para hacer cualquier cosa sin que pudiera ser declarado inconstitucional. Todo dependería del gobierno que estuviera en cada momento. Tampoco en eso nos equivocamos. Se abría la posibilidad de que las administraciones pudieran constituir todas las empresas que quisieran y el resultado ha sido que actualmente tenemos más de 5.000 empresas de ayuntamientos y autonomías que son uno de nuestros principales lastres».

Otro de los problemas que detectaron y del que advirtieron sin éxito a la UCD y al PSOE fue la Ley de Huelga. Se convirtió en un derecho fundamental e individual, en lugar de ser un derecho sindical o colectivo, regulado posteriormente por leyes ordinarias. «La fórmula elegida fue la utilizada en Italia y los resultados han sido los mismos: nunca se ha podido regular y ha dado origen a las llamadas huelgas políticas, abusivas o salvajes, que seguimos sin resolver».

El Círculo también advirtió del riesgo que representaba el Estatuto de los Trabajadores para la legislación laboral. «Lo habían pactado el PSOE y la UCD con el apoyo de UGT y en contra de CC.OO. Nosotros vimos que aquella ley suponía perpetuar la rigidez laboral heredada del franquismo. Tampoco nos hicieron caso cuando advertimos, en base a un informe que nos había elaborado Fernando Suárez, que esa ley en sus fundamentos era prácticamente igual a las que existían en la dictadura de Primo de Rivera, Largo Caballero y el franquismo. No nos hicieron caso, y llevamos ocho reformas laborales y 56 modificaciones parciales y, a pesar de ello, todavía tiene que obligarnos Europa a que sigamos flexibilizando porque no es suficiente».

Durante los 35 años del Círculo de Empresarios estas advertencias han sido realizadas reiteradamente, junto a la inviabilidad del sistema público de pensiones, y la politización de la educación, la Justicia y de las cajas de ahorros. Esta suma de críticas fue convirtiéndole en una organización poco grata para los políticos y una opinión pública que se negaba a escuchar las verdades del barquero. «Durante mis ocho años de mandato tuve que soportar que me descalificaran como catastrofista y que me convirtieran en uno de los principales objetivos de ETA, obligándome a llevar escolta gran parte de mi vida. No obstante, creo que la batalla que dimos ese pequeño grupo de empresarios que pretendíamos construir un mundo mejor para nuestros hijos, valió la pena».

(*) Fallecido el 20 de marzo de 2016

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Entrevista publicada en el libro Círculo de Empresarios. 35 años de contribución a la sociedad española



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