Corrupción, transparencia y la campana de Gauss

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José María López de Letona es Vicepresidente del Círculo de Empresarios

Artículo publicado en el diario Expansión

No hay en estos tiempos comparecencia pública en la que los asistentes, medios de comunicación o no, venga a cuento o no, no aprovechen para pulsar la opinión y postura del compareciente sobre “la corrupción que nos asola”. Y si se trata de un entorno empresarial, apostillando el imprescindible papel del empresario sobre la misma.

Pero, vayamos por partes: ¿Nos asola la corrupción? ¿El empresariado español es corrupto? ¿Somos de verdad el páramo pestilente que algunos, en nombre de los ciudadanos (y ciudadanas, claro) proclaman sin rubor ni descanso que somos?

En todos los colectivos de tamaño significativo, si agrupamos a sus componentes en razón de cualquiera de sus características, en este caso vinculación a corrupción, y representamos el resultado matemático obtenido de forma gráfica, la curva que obtenemos es indefectiblemente una campana de Gauss.

En el eje vertical, el número de individuos de la muestra. Cuanto más arriba, más individuos. Y en el horizontal el orden, de menor a mayor corrupción, de esos individuos. Al principio unos cuantos individuos de comportamiento intachable. En el centro de la campana muchísimos, la inmensa mayoría, de comportamiento normal o razonable, y unos pocos, al final, de comportamiento deleznable.

Por lo tanto, no nos sorprendamos. Claro que habrá empresarios corruptos. Los pocos que aparecerán en ambos extremos de la campana son lo mejor de lo mejor y lo peor de lo peor. Pero, ¿cuántos son en ambos casos? ¿Representa la campana una imagen de país corrupto o de un empresariado amoral?

Busquemos datos objetivos. La organización Transparencia Internacional, que se autodefine como “La Coalición Global contra la Corrupción”, publica periódicamente su informe People and Corruption. Es un estudio completo, muy exhaustivo, que, en su última edición sobre la Corrupción en Europa y Asia Central, ha entrevistado a unas 60.000 personas de 42 naciones, cara a cara y telefónicamente, sobre la corrupción en sus respectivos entornos.

La primera conclusión afecta al soborno y/o cohecho a funcionarios públicos. España, junto con Francia, Reino Unido, Holanda, Bélgica, Alemania, Suecia o Portugal figura entre los países mejor parados con menos de un 4% de la población reconociendo haberse visto involucrado en una de estas situaciones. Países como Hungría, Polonia, Italia, Croacia, Grecia… alcanzan niveles de hasta un 12%; Turquía, Bulgaria o Estonia hasta un 20%, y Ucrania, Rusia, Rumania etc., llegan a situarse entre el 30 y el 40% de tasa de soborno, según el estudio.

Sin embargo, si hablamos del ranking de la “percepción”, de “sensación” de corrupción, las cosas cambian. Entre los europeos que creen, que sienten, que en su país la corrupción es uno de los mayores problemas, los españoles salimos en primera fila junto con los kosovares, o los moldavos. Si buscamos a quienes creen que su gobierno no hace lo suficiente para combatir la corrupción, los españoles, también en cabeza, alcanzamos un nivel del orden del 80 a 85% junto a ucranianos, moldavos y bosnios. Y entre quienes piensan que los “ricos” es decir, la “casta” o la “trama” en idioma podemita, ejercen una influencia indebida sobre los poderes públicos, cerca del 80 % de los españoles, junto con un porcentaje similar de portugueses, estamos de acuerdo.

Así que, en pesimismo y mala opinión sobre nosotros mismos, a los españoles no nos gana nadie. Solo consiguen empatarnos turcos, estonios, moldavos, kosovares… y portugueses. Raro, raro, ¿no? En cualquier caso, estamos en mala zona aunque mejorando nuestra posición en este ranking, en el que aparecemos en el puesto 41 en 2016, desde el 58 de 2014 o el 65 de 2012.

Pero, ¿se corresponde esta percepción de la corrupción existente en nuestro país con la realidad?

En el mismo estudio se publica el Barómetro de la Corrupción, esta vez sobre datos objetivos. A los mismos encuestados a los que se le ha consultado sobre su percepción al respecto, se les pregunta en cuántos casos de corrupción, activa o pasiva, se han visto involucrados, personalmente, ellos, sus parientes inmediatos o sus amigos más cercanos, en ocho sectores básicos: Tráfico (policía), Oficinas de la Administración, Tribunales (civiles), Educación, Salud, Oficinas del Paro y Seguridad Social. Y con sus respuestas se establece otro ranking distribuyendo los resultados del continente europeo en tres zonas: Unión Europea, Países Candidatos a la Unión y CEI. España pertenece al grupo de naciones mejor situadas (todas de la UE), donde el resultado, en el entorno de los encuestados, es de corrupción real comprobada en menos de un 5% de los casos. Menos de uno de cada veinte encuestados. Como en Alemania, Bélgica, Francia Holanda…

¿Cómo es posible que en “percepción” o sensaciones subjetivas estemos convencidos de la maldad de la situación, que estimamos al nivel de Moldavia, Kosovo, Ucrania, etc., pero en datos objetivos, nos alineemos con los mejores, como Alemania, Bélgica, Francia, Holanda…?

La respuesta reside en dos factores que se retroalimentan en un círculo vicioso e interminable: la lentitud de nuestro sistema judicial y el nuevo paradigma de los medios de comunicación actuales.

Si la justicia norteamericana tardó 7 meses en cerrar (desde la detención del culpable hasta su condena en sentencia definitiva) el caso de Bernard Madoff, o entre 2 y 4 años en solventar demandas tan complicadas como las provocadas por los vertidos del Exxon Valdez en Alaska o BP en el Golfo de México (el Prestige deambuló por los juzgados durante ¡11 años!), en España hemos conocido la (primera y ahora recurrida) sentencia del caso Noos tras 11 años de instrucción, “arrastramos” el caso Gürtel desde 2007, los ERE desde 2011, Bankia desde 2012…

Esto es maná para los partidos populistas en su política antisistema y para algunos medios de comunicación, tradicionales y de más reciente aparición, a los que la digitalización ha obligado a multiplicar su presencia, generando una creciente necesidad de contenidos. De esta manera, repetidos, criticados y comentados, por unos y otros, los acontecimientos que se producen alrededor de un par de docenas de casos, con sus testigos, imputados, investigados, jueces, fiscales, policías, autos, filtraciones, sentencias, recursos, apelaciones, entradas y salidas de la cárcel, fianzas, declaraciones… en una rueda de duración infinita a lo largo de tres, cinco, o diez años, los españoles nos convencemos de que el país entero, con sus políticos y empresarios a la cabeza, es un pozo de nauseabunda corrupción.

Pero no es así y los datos rigurosos de Transparencia Internacional (www.transparency.org) lo confirman. Un centenar de chorizos (o dos o tres…) en un país de 46 millones de habitantes no condicionan la estatura ética de la nación. Lo diga Agamenón o su porquero.

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